martes, 7 de mayo de 2019

Frida Kahlo.

En todo lo que lleva de existencia de este blog siempre tuve la idea de hablar sobre Frida Kahlo, esa enigmática mujer que pintó algunas de las piezas más representativas de México y cuya imagen se ha vuelto estandarte de la "mexicanidad" más pintoresca, por lo menos para los ojos del mundo.

Hablar de Frida en estos tiempos es hablar de un símbolo desgastado, sobremitificado, alejado de lo que alguna vez fue y esto, en parte, por su historia trágica bien conocida por la mayoría, que bien se ve representada en sus obras. También una de las características que la ha definido es el papel que jugó en su vida la presencia de Diego Rivera como un eterno amor (aunque, más parecía una clase de codependencia enfermiza y a ratos un amor), también siendo un motivo que repetirá en su obra. En tiempos recientes, el desgaste de la figura de Frida como representativa del país ha llevado a que se hiciera una revisión crítica de la obra que ella produjo, dando cuenta que no todas sus pinturas resultaban de un amplio interés, solo hay que hacer una pequeña búsqueda en Youtube para dar cuenta de ello o buscar en Facebook las mil y un imágenes que denuncian esto. Esta crítica, lejos de dañar la imagen que se le ha dado, creo, hacen que las pinturas que puedan resaltar por si mismas tengan aún más protagonismo sobre otras obras de producción mexicana. 

La crítica a la obra de Kahlo ha llevado a criticar a su figura, ya que ella es un símbolo de varias ideas tanto universales como particulares para México. Una de las formas con las que se ha tratado de llegar a esta crítica es a través de su diario, el cuál compila diez años de su vida (1944-1954). En este se encuentran pensamientos, poemas, pequeños bocetos e ideas para proyectos a realizar y demás escritos que dejan ver un poco de la intimidad de la pintora. Esto basándose en la, aparente, falta de profundidad, variedad y soltura de las páginas del diario, que, al aunarse con los registros históricos sobre su vida, se sintetiza un autorretrato que no termina de adecuarse a la idea que se tiene de ella. 

Criticar una vida mediante un diario que, probablemente, ella no sabía que sería publicado, es una idea un tanto escabrosa ya que el objetivo de llevar un registro de los días es  dar rienda suelta a la libertad de escribir cualquier cosa, por que, en principio, solo la autora de él tiene acceso a su contenido. Usar el diario como un punto a favor de los detractores me parece de mal gusto ya que no se hace critica de los momentos más íntimos que se pueden tener: Uno mismo con la pluma y el papel. 

La cuestión con Frida para mi recae en la sacralización de su figura, como un pilar central de la cultura mexicana, es cierto que sus pinturas enaltecían este sentimiento y lo representaban de maneras festivas y cotidianas pero el grueso de su obra es intimista hacía su figura, sus miedos, los dolores, las alegrías...su yo. Eso no es malo y, tomando el diario como soporte, habla de la persepectiva que logró construir de si misma usando como hilo conductor las circunstancias, los sentimientos y los eventos que la llevaron a aquel momento de su vida, tenía sus propias metas, sueños y por supuesto miedos, plasmados en las páginas y en los lienzos, acercarse a la pintura de Frida no por los elementos pictóricos o como son representados, si no por el contenido mismo y su contexto hace que la mirada sobre ella se vuelva más íntegra, entendiendo las inquietudes que ella quiso plasmar. 

No fue la mejor pintora mexicana, sin duda, sin embargo, su historia y el mensaje que quiso dar mediante sus creaciones construyeron la conciencia mexicana actual y la imagen que se tiene de México en general pero el desgaste y tergiversación de esta imagen hace que sea complicado poder devolverle su carácter terrenal original. Por que, a mi parecer, es ahí donde está la parte más interesante, al fin y al cabo, ella era un ave con las alas rotas que decidió cantar en tierra hasta el día de su muerte. 

Per Aspera Ad Astra. 

miércoles, 1 de mayo de 2019

La Máquina (La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares).


Hablar de una novela catalogada por Jorge Luis Borges como perfecta resulta imponente y un reto digno de pensarse, sin embargo, lo mejor es que esta no se ve limitada por el juicio del gran maestro de las letras.
La invención de Morel se sostiene por si misma y sopla su propio viento, escrita por uno de los amigos más cercanos de Borges: Adolfo Bioy Casares,  esta relata la historia de un preso que, al escaparse de la prisión en una isla donde presuntamente no hay más habitantes que los presos y los guardias, encuentra un páramo llamado museo dónde se encuentra con variopintas máquinas que reproducen fielmente una semana, desde imágenes hasta las sensaciones que se tenían en ese momento. Todo ello unido por el enamoramiento entre el protagonista y Faustine, una de las imágenes que vaga en aquella reproducción.
El acercamiento que se tiene al protagonista (ya que el libro se presenta como su diario) está lleno de detalles dónde se da cuenta de la decadencia en la cual cae y solamente las imágenes logran hacerle olvidar que lentamente está muriendo sin poder evitarlo. La máquina se presenta como una luz al final del túnel, la esperanza de que la eternidad está a solo un paso, dejando atras los jirones de la piel. Incluso, esa máquina le dió la capacidad de amar, amar una imagen de alguien que, en la realidad, hace años que falleció, pero su imagen, ese pedazo de irrealidad se vuelve por un momento lo más perdurable, incluso después de la muerte, de cierta manera, las imágenes toman el alma del momento y la repiten al infinito.
¿Qué es la eternidad? ¿Cómo se alcanza? Perduraremos en la eternidad? O ¿solo es una risotada del ciclo vital al escuchar los deseos de los humanos de vivir por siempre? Son cuestiones que quedan en el aire al acabar esta novela y que, de leerla, será una reflexión que les acompañará durante un buen tiempo.
Ahora, ustedes, diganme.
¿Qué piensan de la eternidad?
¿Quisieran ser inmortales?.

jueves, 18 de abril de 2019

Sobrenoche y sonambulismo (Tres partes).

A pesar de lo que se pueda pensar, escribir un poema conlleva componer en algunas líneas lo que sobresale del pecho y punza la cabeza, siempre es sentarse sobre un pentagrama en blanco que espera a hacer llenado. Componer lo que se tiene dentro es tan complicado como encontrar orden, el caos es imperante, es la misión de las letras ordenar esa súbita ola de cataclismos y convertirlo en algo con lo que la naturaleza se sienta identificada.
Tan solo, gente que me lee, el hacer este poema dividido en tres partes ha sido un examen a los últimos meses, no sé si vengan más, lo más probable es que si, pero la fuerza de este es, por lo menos para mi, sobrecogedora y reta lo que es capaz la pluma de escribir (en este caso el teclado), si no fuese retador, no sería algo digno de escribir ¿O si? Si algo logra este poema, si logra hacer sentir algo, me encantaría saber en los comentarios qué es lo que logró. Sin más dilaciones, he aquí, Sobrenoche y sonambulismo (tres partes).


Sobrenoche y sonambulismo (tres partes).

“Yo no quiero que la gente alce sus ojos en éxtasis al entrar yo a una habitación, yo quiero dar y que me den, y quiero la soledad para desplegar en ella mis posesiones”.
-Woolf, Virginia. (Las Olas).
I

La transparencia se desdibuja
por el paso del tiempo hastiado
la culpa nada tiene que hacer,
el recuerdo inquieto me asalta.

El intento de cegar la memoria
falla, llora desesperado el tiempo
tropieza impío con tu fotografía
de la noche que te llevó aquí

Tu latencia crece con la lluvia
el aroma delicado de las horas
sobreviene a tu cuerpo cansado
cierran tus ojos ahora carmesíes.

A pesar de la cuesta, tu brillo
encerrado en tus labios vive
como una promesa presente
eterna en los recodos del mundo
la llama incesante e imperecedera.
de un suplicio interminable.

II

El júbilo de la promesa, vereda colorida,
el laúd rítmico del allegro con brío,
del abrazo templado y las flores etéreas;
sombrea sobre el clamor de la historia.

Pasos taciturnos y ligeros sobre el asfalto,
la misma caminata en la noche más brillante
despertada por la radiante sonrisa tranquila
que regalas a penas tus ojos se humedecen.

¿Qué decir del día? Si el sol temeroso alumbra
tu piel de ébano y el aroma a café riega el lugar.
El silencio me invade, lo impensable se hace real,
luces obscuras que caen sobre mi árbol amarillo
¿Cuál es el principio? ¿Cuándo es el final?

Si tan solo sostuviese más tiempo tus manos
el sobrio palpitar del corazón que siente
aquel que tanto has procurado proteger
en el idealismo de una vida sonámbula.

De los jirones de la piel nacen los arboles nuevos
con raíces intranquilas, encerradas entre brasas,
coronas de diamante que sostienen las agujas
se incrustan en las llagas de los troncos lastimados
las horas se pinta de gritos rojos ahogados en lágrimas.

III

El antiguo paso del sol a penas y surtió efecto en mis manos, solo siento el trigo que quedó detrás, el recordatorio que este laberinto se hace más extenso a cada paso que doy. Se entrelazan las calles ruidosas, la calma solo puede vivir en la imaginación de quien prefiere el olor impío de las baldosas de piedra encerradas en ataúdes. No puedo huir de lo que no entiendo, y las preguntas no dejan de revolotear en mis cienes, las mil y una agujas en mis rodillas son imaginarias, pronto se irán, lo sé, se perderán entre los escaparates y las luces de esta ciudad. Las sombras son largas, no desaparecen en ningún momento, no pueden ser verdad ¿qué tan verdadero puede ser algo que tiene que ver conmigo? No, no, no…debería ser verdad para que pudiese existir a la par, no es una mentira ¿Qué tanto debe de esconderse las palabras que quiero gritar al cielo? Una injusticia que me somete, me apuñala por la espalda y me destruye cada vez que escucho un: Te amo. Nunca lo he estado y jamás lo estaré, dentro de la misma voz y el mismo dolor. Osar hablar con los altos edificios que espían mi llanto insoluble en las irremediables voces que me acompañan en el autobús es la prueba más complicada, sostiene mis pensamientos a penas por un hilo invisible que se extiende por todo mi cerebro.
En el encierro de mi habitación es cuando propino mis mejores lagrimas al tiempo perdido, a los kilómetros de huida, a la caída libre de escapar de la misma vida que hoy me amarra a esta hoja. No dudaría en ningún momento en arrojarla por la ventana. Decidí que me iré por el olvido, no quiero verme jamás en el espejo con la impropiedad con la que hoy lo hago…me arropo con la misma cara que ayer, cuando quería decirme que no cuando quería decir que si, no quise escucharme y ahora en los sofocantes cuatro parapetos quiero silenciar las voces sordas que me he encontrado.
Pero no tengo ya miedo. Arriba, mientras me quemaba, comprendí que el despojo de todo cuanto creía verdadero hizo que mi-verdad encontrara el camino para brotar, no quiero ir entre nogales y abedules esperando que los antiguos peces luminosos me traguen impiadosos. Trazando la hilera de mis pasos, las noticias que nacen de mí, las tranquilas imágenes del campo que dejé atrás, todo cuanto conocí y que desapareció en los brazos de un tornado, hoy vive en lo que antes aborrecía y hoy amo, en lo que antes amaba y hoy aborrezco, descubrí que puedo amar y también puedo odiar, desde la inmensa libertad que mi piel me da. Y todo puedo tenerlo, todo puedo alcanzar desde la soledad blanca de mi existencia, en la eterna búsqueda de mi derecho a ver las estrellas. 

 Por Miguel Angel Díaz Gutiérrez "El Ratón"

miércoles, 10 de abril de 2019

10/04/19: Primera fotografía de un agujero negro.


Hoy el mundo ha quedado atónito al contemplar en una foto los confines del espacio y el tiempo, por primera vez un agujero negro es capturado, es irreal pensar que ya han pasado más de 200 años desde que la primera vez que se pensó en ellos, primero cómo estrellas negras y ahora como lo más acercado a la singularidad que empezó al universo.
Hoy no solo la comunidad científica celebra este salto, ya que no solo es un logro de nosotros, es de la humanidad entera y la constante interrogante de nuestro origen, por hacer la pregunta: ¿Cuándo empezó todo? Tal vez la pregunta tarde muchos años en ser contestada, pero eventos como el que hoy sucedió da esperanza y renovada energía para seguir trabajando como humanidad, juntos lograremos llegar hasta el primer instante del universo.
Cómo científico, este evento invita a seguir haciendo preguntas, a pesar de que algunas estén lejos de ser respondidas, el mero hecho de hacerlas hace que valga la pena seguir trabajando para poder llegar a responderlas, y más aún, para poder comprender las preguntas que hacemos día con día
Invito a quienquiera que esté leyendo esto a que mire al cielo, que vea en ese pequeño trozo  inmensidad y que piense en lo pequeño que puede parecer este pálido punto azul en el cual nuestra vida se llevará a cabo y dónde nos encontraremos cara a cara con la inevitable muerte; que pienses en todos los milenios que han pasado desde que el primer organismo vivo apareció, cuantas especies debieron extinguirse para dar vía a la nuestra, en las civilizaciones que desaparecieron mirando al cielo, fascinándose por los misterios encerrados en esa infinita vastedad. Quiero que piense que, a pesar de lo pequeños que somos, hemos logrado hacernos gigantes para lograr ver al coloso que mantiene viva a la galaxia M87, que hemos podido ver galaxias, el fondo cósmico de microondas, hemos logrado fotografiar átomos...somos pequeños individualmente, pero en conjunto somos gigantes.

Y hoy, esta frase tiene más sentido que nunca: Per Aspera Ad Astra.

P.D. La foto que se andjunta no es de mi autoría, fue tomada por el EHT: La primera foto de un agujero negro. 


sábado, 30 de marzo de 2019

El perdón.


Encontré en la orilla del río, un sauce que se erguía vigilante sobre las aguas. Mis brazos, mis piernas, mi espalda, todo enflaquecía…dispuesto a pasar algunas horas bajo la sombra del sabio árbol, me senté a respirar el aliento del bosque.

Entre flores y arbustos transmuté mi realidad a la onírica, perdido entre las cómodas vendas que el tiempo se encargó de obsequiarme y a las que la vida les dio razón de existir. Quise volver, juro que traté, aunque fuese en ese momento tan corto. A lo lejos me veía, su expresión jamás olvidaré, entre el centelleo del rayo y el abrasador destello de los diamantes, corrí lo más rápido posible, intenté excavar y entrar en el seno de la tierra, pero el frío del mundo vegetal tomó todas las fibras de mi piel y dejó caer sobre ellas el duro peso de la realidad que ahora se acercaba, me escupió de sus entrañas, no pude volver. Su mirada era más y más opresiva, tempestades se escuchaban a lo lejos mientras el sol clareaba en todo su esplendor, la seducción de lo que se avecinaba encaminaba mis pasos al centro del caos sublime.

Desperté inmediatamente y comencé a caminar de regreso.

Después de la caminata, reencontré la ciudad, levantada y siempre reluciente, las luces reventaban todas las ventanas. Doblé a la izquierda, sobre la derecha de la nueva bocacalle volví a ver esa mirada, el horror quiso tomarme de rehén y dejarme estático en el sitio. No lo permití. Sobre mi cadáver. Tomé callejuelas, me desprendí totalmente, lo poco que restaba de mi aliento se fue al encontrarme en una plazuela, desesperado me tumbé en una banca de ahí. No podía cerrar los ojos, sería mi sentencia, busqué con la mirada cualquier cosa…dos hombres discutiendo a los pies de una antigua casa turquesa, no sé si serían compadres, en el balcón una joven sentada sobre la baranda, reclamando para ella la luna de plata, en su mano un par de margaritas deshojadas.

No necesité más de esa imagen, mi corazón se reestableció, caminé hacia mi hogar. Las calles parecían susurrar historias, las puertas crujían intentando aprisionar el calor que ellas debían guardar, dos gatos se acercaban a mí, curiosos de alguien que se decidía cruzar por sus dominios. Uno de ellos perdió el interés y se fue tras un incauto ratoncillo que bajó la guardia por un momento (¿quién no la bajaría por una luna como la que hoy tenemos?), sin embargo, su compañero igualó mi paso, silencioso iba a mi lado, no pedía nada a cambio tal vez solo la compañía de un extraño, un suave respiro de ir saltando de techo en techo. Le puse un nombre: Ovidio.

Ovidio y yo caminamos por algunas calles, nunca me sentí tan cómodo al lado de un felino/amigo. Nuestra caminata se vería interrumpida por la llegada a mi hogar, sentí pena por Ovidio, me acompañó felizmente por tantas calles que olvidé que solo era cuestión de tiempo para que nos tuviéramos que despedir. Tomé mis llaves para abrir la puerta, él se sentó en la acera, solo observaba. Antes de entrar quería acariciar a mi nuevo amigo, acerqué la mano lentamente hacia su rostro y cuando estaba a punto de tocarlo, una mordida pequeña pero efectiva cayó sobre mi mano, Ovidio no quería que lo tocara. Sentí una impresión total, tuve algo de miedo al principio, no sabía si él seguiría con su ataque. No fue así. En vez de eso, trepó a un árbol que estaba en frente y se acostó. No sabía si lo volvería a ver. Con algo de tristeza, entré.

No quise tomar el café nocturno que tanto bien me hacía después de los días duros, en vez de ello, tomé un poco de la hierba mate que me habían regalado y la puse a calentar. -Aunque es pequeño este es mi lugar, aquí no pasa más de lo que yo quiera que pase- Me dije, al admirar los muros verdes y blancos que me abrazaban. Tomé mi taza y serví el mate. El olor era satinado y liso, terciopelo profundo, tomé lentamente mientras recordaba lo que había sucedido. El horror y la seducción me turbaban, pero eso no evitó que me relajara. Dejé mi taza en la mesa de noche y me recosté en la cama. El silencio comenzó a hacerse cada vez más profundo, oía latir mi corazón mientras cerraba los ojos…un escalofrío comenzó a escalar muy lento por toda mi espalda, un peso apabullante cayó de pronto sobre mí, abrí los ojos desesperado, quise gritar, pero no podía emitir sonido alguno y apareció esa mirada, justo frente a mí, no respondían mis músculos, estaba atrapado, inmóvil en la cama. Se acercó, lo único que era sólido de su cuerpo era una clase de máscara que pronto observé era de Mictlantecuhtli. Su cuerpo entero estaba cubierto por un manto blanco, no podía ver sus piernas, sus brazos se perdían en las largas mangas que tenía. Cuando estaba junto a mí, subió a la cama y acercó su rostro frente a mí, lloraba aterrorizado por lo que vendría, no quería morir, rugió cuando más cerca estuvo y bajó de la cama. Escuché como la cerradura sellaba mi habitación, no habría escapatoria alguna, fue cuando sentí que solamente mis piernas estaban atadas a la cama y rápidamente traté de erguirme, pero eso seguía ahí, viéndome fijamente. De un momento a otro, tomó mi hombro suavemente, su mano era delgada y suave, subió hasta mi frente. Acarició un poco mi cabello, no hubo terror, no había nada, todo desapareció.

 En la blancura de algún lugar que hasta hoy no sé dónde se encuentra, mis piernas se liberaron, pero no quise huir, me senté en el filo de la cama, absorto entre conjeturas de lo que eso era, observaba como comenzó a quitarse la máscara. Era de piedra, la adornaban flores rojas y copas encendidas donde se quemaba algo parecido al copal, pero desprendía un olor a vainilla. Se acercó hacia mi y me pidió que me levantase, cuando ya estaba parado, se quitó por completo la máscara. No pude ver un rostro, solo había un pequeño lago de aguas muy claras…y, lo vi, esa mirada, ese horror, en el reflejo del lago, lo miré fijamente, los destellos y los centelleos bajaron hasta que vi que era lo que se escondía detrás de esa mirada: mi reflejo. Mis ojos se hincharon y las lágrimas brotaron, solamente era yo, viéndome en las aguas, lloré mucho más y abracé a eso, sentí sus brazos responder, su calor era incomparable, me sentí quemado, pero no importaba, mi sangre estaba tibia de nuevo. Acaricié su rostro y eso acarició el mío. Cerré los ojos.

Volví a mi habitación, el sol se colaba por los espacios que dejaba la cortina, todo estaba en su lugar, no había rastro de la pesada máscara. Me levanté con tranquilidad, en la regadera solo me concentraba en el agua que recorría mi piel, era como un rezo que se derramaba. Terminando el baño me preparé para salir, quería comer el desayuno fuera de casa. Era todo liviano, terso y ágil, no importaban las vendas o los recuerdos, el mundo amanecía como algo nuevo.

Abrí la puerta y me sorprendí al ver que Ovidio estaba sentado esperándome, decidió quedarse, sus pequeños ojos tiernos lo sabían, el sabía que aun no era el momento. -Si, ahora mis diablos se quedan aquí, Ovidio, son parte mía, ellos me construyen, nunca sería yo sin ellos-.

Fue la primera vez que Ovidio dejó que lo acariciara.
        
Por: Miguel Angel Díaz Gutiérrez.

lunes, 25 de marzo de 2019

Soledad I.

Te construyo desde la soledad
e inmensidad de mi habitación,
no necesito recordar o verte,
el aroma guayaba prevalece.

Perdido en las sábanas amarillas,
cubriendo el cuerpo destrozado
que te ofrezco con copal a tus pies.
Soñé con abrazar la obsidiana,
y al fin tomar un poco de tu agua.

Transfigurose el maguey a tu vida,
apareces resguardada entre espinas,
cristalino mirar desde las raíces,
apareces entregada a Tonantzin.

Mis venas queman, la sangre hierve
proclama salir de mi, regar el maizal
sostener la nueva vida que nacerá...
no puedo, sigo llevando ocote a casa.

Vela en pecho visito mis huesos rotos
poco a poco pulverizados por tanto.
Jade por el llanto que tanto padecí
un manto lánguido e intranquilo.

Dentro de la lejanía de mi ventana
te podré volver a ver, sentir tu piel,
entre tus valles, entre los cerros,
en el naciente amanecer de Kukulcán.

Miguel Angel Díaz Gutiérrez. 

lunes, 18 de marzo de 2019

El gato que venía del cielo, Takashi Hiraide.


A lo largo del poco tiempo que llevo escribiendo de manera asidua uno de los temas al que más recurro es a la transformación de la cotidianidad en algo extraordinario. Hay historias donde esa transformación es mucho más evidente que otras lo cual no deja duda que tuvo lugar, mas, la verdadera riqueza de ese sentir está en lo inesperado que es, no en el final en si, la trascendencia se encuentra meramente en el proceso que conlleva está transformación. Sobre esto último no hay muchas historias (por lo menos que yo haya leído o visto) que logren imprimir ese particular motivo, no hay que ser muy perspicaces para saber que ésta es una de aquellas historias.
Perderse entre los pasajes casi rituales de este libro resulta en un paseo dentro de la vida de una pareja casada, sin hijos ni mascotas, un escenario idóneo para una vida que se puede antojar costumbrista (a De Larra le encantaría que sucediese esto) pero que poco a poco sale de su realidad para adentrarse a una mucho más brillante sin ser ficticia. Honesta. Justamente se debe recalcar ese aspecto, el hilo conductor de la historia se desenvuelve en el seno de una pareja, aparentemente plena, respirando tranquila, cuando un gato llega a sus vidas, el pequeño Chibi que pronto será protagonista del vuelco sobre las vidas de esta pareja.
No es un libro que explícitamente lleve al lector a una emoción en concreto, de momentos se toma la libertad de ahondar en detalles dónde la contemplación es el hilo conductor de la experiencia, para mí, resultó bastante raro encontrar cierta familiaridad en estos pasajes, familiaridad que pronto se justificaba al releer Capote o ver alguna pintura de Edward Hopper con el añadido de salir de Estados unidos para encontrarse con Tokio. Este es uno de los acercamientos más certeros que tiene el autor hacia la poesía dentro de la obra, no se siente disruptivo, sino que arroja una nueva capa de profundidad sobre el texto.
La corta extensión de la novela me parece que no es fortuita, la brevedad que tiene recuerda que el tiempo tiene una variabilidad gigantesca, no hay una métrica universal, lo que se mantiene constante es la dicotomía consciencia/inconsciencia que hace olvidar la mortalidad del andar humano sobre este mundo y a su vez recuerda lo valioso de los momentos etéreos que llenan las expectativas de vida.
Con respecto a esto, la cotidianidad que se presenta va transmutando de algo totalmente monótono hasta un evento maravilloso, ya que los detalles esconden la verdadera naturaleza de la existencia, esos detalles son explorados con una precisión milimétrica, recordando que aquello que pasa día con día es afortunado, inesperado y extraordinario.
El detalle del gato es una conexión central (tanto así que aparece en el título de la obra) no solamente con la pareja, si no, con todas las personas que la rodean, es el dinamismo de la consciencia de la existencia, la razón principal para proyectar lo bueno que pasó en su pequeña imagen ondulante. La fugacidad de Chibi podría parecer injusta, pero recuerda ese mensaje, la muerte es lo único que es seguro pero por eso mismo la experiencia de vivir, bajo todas sus circunstancias y sus facetas, es tan profunda, sublime…y bella.
Per Aspera Ad Astra.

En lo que encuentro qué escribir. Parte 1.

  Nunca supe como elegir libros Este blog lo comencé hace ya tres años. Esperaba poder verter en él reflexiones sobre lo que leía, de primer...